JamiPozcord
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A veces no sabemos lo que tenemos hasta que nos falta.
A falta de amor, aprendemos a vivir con un vacío que no siempre sabemos nombrar. Y no hablo solamente del amor de pareja. Hablo de ese amor que aparece de diferentes formas y que, aunque parezca pequeño, puede cambiar la manera en que enfrentamos la vida.
A falta de amor maternal, puede faltar ese primer lugar donde sentimos que somos importantes. Una palabra de consuelo, un abrazo, alguien que nos diga “estoy aquí”. No significa que una persona esté destinada a sufrir por ello, pero esa ausencia puede dejar preguntas que tardan años en encontrar respuesta.
A falta de amor paternal, puede quedar la necesidad de aprobación, de reconocimiento, de sentir que alguien creyó en nosotros. A veces buscamos durante años en otras personas las palabras que nunca escuchamos en casa.
A falta de amor en pareja, la vida puede volverse más silenciosa. Puedes tener compañía y aun así sentirte solo. Porque estar junto a alguien no siempre significa sentirse visto, escuchado o comprendido.
A falta de amistad, descubrimos que no todo se puede contar en casa. Hay risas que solamente compartimos con un amigo, problemas que se hacen más pequeños cuando alguien nos escucha y momentos que adquieren otro significado cuando tenemos con quién compartirlos.
A falta de cariño, incluso los pequeños detalles comienzan a pesar. Un mensaje, una llamada, un abrazo, una pregunta tan sencilla como “¿cómo estás?” puede convertirse en algo enorme cuando llevamos demasiado tiempo sin recibirlo.
Y psicológicamente, el ser humano necesita vínculos. Necesita sentirse acompañado, valorado y parte de algo. No porque no pueda estar solo, sino porque nuestra mente también aprende a sentirse segura a través de las relaciones.
Pero hay algo más profundo.
A veces no nos falta solamente el amor de los demás. Nos falta el amor que nunca aprendimos a darnos a nosotros mismos.
Y entonces buscamos afuera lo que llevamos años esperando encontrar dentro.
Buscamos aprobación.
Buscamos compañía.
Buscamos que alguien nos elija.
Buscamos que alguien se quede.
Hasta que comprendemos que el amor de los demás puede acompañarnos, pero no debería ser la única razón para sentir que nuestra vida tiene valor.
Porque también existe el amor de una madre.
El de un padre.
El de una pareja.
El de un amigo.
El de un hijo.
Y también existe ese amor silencioso que nace cuando finalmente aprendemos a cuidarnos.
A falta de…
De alguien que nos abrace, aprendemos a abrazarnos.
De alguien que nos escuche, aprendemos a escuchar.
De alguien que nos valore, aprendemos nuestro propio valor.
De alguien que se quede, aprendemos que también podemos permanecer a nuestro lado.
Quizás crecer también sea eso: entender que algunas ausencias nos marcarán, pero no tienen por qué definirnos.
Porque hay personas que llegan a nuestra vida para enseñarnos lo que es sentirse amado.
Y hay otras que, al irse, nos enseñan algo todavía más difícil:
cómo aprender a no abandonarnos nosotros mismos.
Y quizá ahí comienza una de las formas más profundas de amor: estar presentes para nosotros, incluso cuando sentimos que nos falta todo lo demás.